La pluma y la espada, o por qué se puede recelar del enfoque por competencias (II)

Vuelvo sobre la «Z», pero esta vez no la del Zorro. Cuando aún vivía en Granada, recuerdo haber entrado en cierta ocasión a una pequeña tienda de comestibles a comprar una botella de Coca-Cola Zero. Sin darme cuenta acabé entablando una animada conversación con la tendera, una señora avispadísima que me explicó cómo su impresión era que la gran diferencia entre la Coca-Cola Zero y la Coca-Cola Light estribaba en realidad en el consumidor potencial al que iban dirigidas respectivamente: muchos hombres asociaban el consumo de la segunda a cierta publicidad principalmente ideada para mujeres (aunque, paradójicamente, sea un hombre la joya que consume el verdadero reclamo en este anuncio), por lo que la burbujera multinacional había decidido no dejar escapar ese nicho de ventas buscando un diseño capaz de integrar hasta a la más débil de las masculinidades, esto es, la tradicional.

Inmediatamente me puse a buscar por ahí y corroboré hasta qué punto puede conocerse el mundo desde el día a día de una pequeña tienda. En 2012, Coca-Cola Zero asoció sin ninguna dificultad su imagen con esta campaña de promoción de la película Skyfall, ni más ni menos que de la serie de 007. Como el James Bond que entonces componía Daniel Craig, Coca-Cola Zero nos decía que era igual que su etiqueta: pura serie negra, sofisticada, elegante, masculina, fuerte. Todo ello se condensa en la «Z». La misma letra, por cierto, que está en el nombre de Project Zero, la iniciativa que desde 1967 lleva desempeñando un grupo de científicos de la Universidad de Harvard, cuyo objeto de interés principal es precisamente la Educación. Si bien es verdad que ahí la «Z» es obligada por las ortografía del inglés, no lo es menos que la idea que implica se ha extendido rápidamente también entre nosotros, letra incluida.

Así, no es difícil encontrar en nuestro entorno más inmediato espacios zero, zonas zero, estados zero, distritos zero, astronomía desde zero y hasta, si no recuerdo mal, un reciente encuentro de discusión sobre el futuro de la universidad organizado por la mía, la Universidad de Granada, que atendía al nombre de Universidad Zero. Pero, ¿qué implica exactamente la idea de lo zero? Incapaz como soy de explicar qué es un grado cero, y más todavía de poner la mano en el fuego por defender que tal cosa sea posible, en su acepción más inmediata diría que no es descabellado afirmar lo siguiente: cuando la idea se aplica a las instituciones, lo zero es siempre, en verdad, la ilusión de un desde cero. Así, pongamos por caso, la Universidad Zero no sería sino la universidad que construiríamos si pudiésemos empezar la que conocemos desde el principio, a partir de las ideas con las que contemos en el momento mismo de comenzar a construirla de nuevo (y ahí está la sutil contradicción: puesto que ya contamos con ideas previas, es bastante discutible que nos podamos situar en ese pretendido punto zero, ni tan siquiera de manera simbólica).

Esta imposibilidad es algo en lo que pienso a menudo cuando, en dos campos tan dados a la proclama adanista como son los de las Humanidades y, sobre todo, el de la Educación, los cuales conozco razonablemente, veo desfilar con frecuencia inusitada declaraciones de «nuevos paradigmas». Sin dificultad podría insertarse entre ellos el del enfoque por competencias, del que venimos hablando. Hay aquí un proceso que acaba por resultar contradictorio, aunque bastantes de sus valedores no lo adviertan: por un lado, y en el caso concreto de la enseñanza de la literatura, se parte del convencimiento de que tal enfoque viene a prometer un futuro apasionante a fuerza de hacer irrumpir una serie de postulados que se presentan como «revolucionarios», esto es, a fuerza de ser un enfoque zero. Sucede, sin embargo, que por querer ser algo en perpetuo contraste y oposición con el pasado, acaba por perder de vista hasta cuáles son sus propios fundamentos, su propia tradición (pues la tiene, aunque se pretenda lo contrario).

En cursos varios de formación del profesorado sobre el enfoque por competencias se me ha ocurrido preguntar por el concepto mismo de competencia. Mi sorpresa ha sido mayúscula cuando bastantes de los docentes han declarado que tal concepto surge «de las demandas de la sociedad» (como si la sociedad, por cierto, fuera un sujeto autónomo que llama a nuestra puerta y nos hace saber sus peticiones; como si no fueran en realidad los grupos sociales los que luchan entre sí por hacer prevalecer sus intereses e imponer un discurso, un sentido sobre los demás). Cierta profesora hasta me llegó a decir una vez que era un concepto tomado de la empresa, en lo que ella consideraba un alarde de sinceridad. Ninguno, hasta la fecha, ha sabido decirme algo tan básico como que el origen del término, tal cual lo empleamos hoy, está precisamente en la lingüística: concretamente en la gramática generativa de Noam Chomsky, quien en Aspectos de una teoría de la sintaxis, libro cuya primera edición se remonta a 1965, establecía una no del todo clara separación entre competencia y actuación para apuntalar su hipótesis sobre el origen innato de las estructuras gramaticales. No quiero aburrirles con eso ahora, pero sinceramente creo que ni tan siquiera Chomsky estaba escribiendo un libro zero con ello, pues si uno tiene el hábito de pensar un poquito, y alguna que otra lectura necesaria, tal vez llegue a la conclusión de que la distinción entre competencia y actuación es en verdad un remozamiento de aquella otra aristotélica entre potencia y acto. 

Pero he aquí que nos encontramos con el ya mencionado concepto de competencia de Cecilia Bravlasky, que la UNESCO eleva a la oficialidad y que pasa también por «utilizarse para explicar qué es lo que está sucediendo». Hay una especie de transitividad en ese qué es lo que está sucediendo que considero todo lo contrario de lo que a mi juicio debiera ser la educación. Ser competente en algo significa tener la capacidad de actuar en una situación determinada. En la próxima y última entrada nos ocuparemos de ello con más detenimiento. Por ahora me gustaría señalar tan sólo que, a tenor de la definición de Bravlasky, ante lo que está sucediendo, sea lo que sea, sólo cabe adaptarse o quedarse mirando. O la acción o la contemplación. O el emprendimiento o la súplica. O el liderazgo o el seguidismo. O saber empuñar la espada o morir. O ser diestro en el manejo de la pluma o quedarse rezagado. En todo caso, se acepta que lo que está sucediendo ya nos viene dado, sin necesidad ninguna de que hayamos tomado parte en ello. Se trataría, pues, de aprender a actuar en consecuencia, de vivir en esa adaptabilidad permanente que los optimistas llaman Long Life Learning, los inconsecuentes reciclaje, los burócratas aprendizaje a lo largo de la vida y, los demás, falta de dinero para pagarnos más cursos.

Sólo que el tipo de educación para la que a mí me gustaría pensar que trabajo es aquella capaz al menos de rebajarse hasta el sentido común de la frase atribuida –no sé si con base sólida– a Francis Scott Fitzgerald sobre sus hábitos alcohólicos: «Bebo porque cuando lo hago pasan cosas». Concluyamos de manera que se entienda claro: trabajo no para explicar qué es lo que está sucediendo, por más que eso también, sino porque cuando trabajo tengo la estúpida pretensión de hacer que sucedan cosas.