La pluma y la espada, o por qué se puede recelar del enfoque por competencias (I)

Los que llevamos ya toda una vida disfrutando con las aventuras del más famoso arqueólogo de ficción que haya dado el cine, y creo que sin excepción, nos habremos reído todos con la brillante humorada de Indiana Jones y la última cruzada en la que el Dr. Henry Jones, un estirado profesor de literatura medieval, y padre de Indiana para más señas, pugna en la cabina de un tanque por quitarse de encima a un soldado nazi que lo estrangula al tiempo que intenta apuntarlo con una pistola. En el fragor de la pelea, el Dr. Jones se echa mano al bolsillo de la solapa y extrae su pluma, con la que se las arregla para disparar con tinta directamente a los ojos de su pegajoso contrincante, cegándolo y haciéndole perder la pistola. Ahí es donde viene la apostilla erudita de su viejo amigo y colega Marcus Brody, también cautivo de los nazis en ese momento: «¡Henry, la pluma!, ¿acaso no lo ves? ¡La pluma es más fuerte que la espada!». Es divertido, pero no creo que Brody tenga en el fondo razón, en tanto el Dr. Jones no se vale de la pluma precisamente para escribir, sino más bien a modo de espada, o de pistola con la que disparar a su enemigo, para ser más precisos. Sigue leyendo

Destacado

Juan Carlos Rodríguez, una cuestión básica

No sé exactamente en qué momento de hacia finales de 1997, durante mi primer año de carrera, me di cuenta de que algunos de mis compañeros de clase empezaron a hacer cosas muy raras: subrayaban como locos un volumen naranja de la serie Akal Universitaria de título y prosa tan sesudísimos que nadie hubiera pensado que iba sobre Garcilaso (aunque iba sobre Garcilaso); acudían a la asignatura conocida como Cervantes, en la que en pago de mis pecados por hacer la selectividad en septiembre me quedé sin plaza, con un fervor impropio de aquellos años en los que la primera obligación del estudiante era huir de las aulas, como el primer deber del preso siempre será fugarse; leían, mientras yo me limitaba a subrayar con eficaz desgana el Deyermond, sin que nadie les obligase títulos como El largo adiós de Raymond Chandler; y, por si esto fuera poco, me decían no sé qué cosas acerca de la distinción privado/público de las que no entendía nada, aunque me asegurasen que aquel galimatías estaba relacionado con el Quijote. Lo que sí entendía ya entonces, dentro de mis limitaciones, era que mis compañeros estaban empezando a leerlo todo de una manera diferente, tan intensa y atenta que cualquiera hubiera dicho que les iba la vida en ello. Sigue leyendo