A favor de un paradigma historicista en la enseñanza de la literatura (y IV)

En su momento de mayor esplendor, el paradigma historicista decimonónico surgió por unas razones muy concretas y de sobra conocidas: los diferentes estados nacionales europeos estaban constituyéndose como tales, para lo que necesitaban herramientas de legimitación que hiciesen de argamasa identitaria. Ocurrió en el momento en el que el término literatura, que desde la Antigüedad había oscilado semánticamente entre la traducción latina (litteratūra) del griego γραμματικς y una peculiar forma de designar al saber erudito (en ese sentido hay que entender la muy incompleta Historia literaria de España que entre 1766 y 1791 publican los dos hermanos –no sólo de hábito– franciscanos Pedro y Rafael Rodríguez Mohedano), adquiere su acepción especializada como sinónimo de las anteriormente denominadas bellas letras. Recordemos que todavía en 1611, en la quinta acepción que da para la palabra letra Sebastián de Covarrubias y Orozco en su Universal vocabulario en latín y en romance, leemos esto: «Hombre de buenas letras, el que es versado en buenos autores, cuyo estudio llaman por otro nombre letras de humanidad. Letras gordas y letras góticas son las mazorrales y de hombres de poco ingenio». Sigue leyendo

A favor de un paradigma historicista en la enseñanza de la literatura (II)

Hay, decíamos, otro modo de aproximación historicista por el que Said, como nosotros ahora, se decanta claramente, y es aquél que «considera que la historia, incluido el propio pasado, está todavía sin resolver, todavía haciéndose, todavía abierta a la presencia y los desafíos de lo emergente, lo insurgente, lo no correspondido y lo inexplorado». Sólo desde una posición maliciosamente empobrecedora puede llegarse a la conclusión de que estudiar historia de la literatura es limitarse a hacer acopio memorístico de nombres, títulos y fechas. A decir verdad, siempre se ha tratado de una tarea bastante más compleja para quien la aborda con el respeto que merece. La justificación más convencional de la necesidad de la historia nos llevaría de nuevo a la metáfora de los mapas de Stevenson: sin una cartografía básica de los saberes, difícilmente cualquier aproximación a ellos dejará de caer en la trampa de abandonarse a la creencia en una suerte de espontaneidad según la cual bastará con un acto de pura simpatía en el encuentro con el texto literario para que esa amalgama de habilidades y procedimientos que, se supone, ya existen de manera innata en nuestros alumnos a la espera simplemente de ser potenciados con nuestra ayuda, se acaben actualizando en virtud de la mera práctica. El lenguaje cuenta, y nosotros hablamos por ello con frecuencia en una clave que no es gratuita cuando nos referimos como «desarrollo de la competencia literaria» a la educación que puede proporcionarse desde nuestro campo. Sigue leyendo