A favor de un paradigma historicista en la enseñanza de la literatura (I)

Es sabido que la mala salud de su autor y un clima sistemáticamente lluvioso se encuentran en la génesis de La isla del tesoro. En efecto, en el verano de 1881,  impelido por sus médicos a buscar aires menos dañinos para sus pulmones que los de la industrial Edimburgo, Robert Louis Stevenson, acompañado de su esposa Fanny Van de Grift y de su hijastro de trece años, Samuel Lloyd Osbourne, decidió buscar acomodo en Braemar, una localidad de las Tierras Altas escocesas. Durante aquel agosto más lluvioso que un marzo, según lo describiría el propio Stevenson más tarde, el escritor y su ahijado, recluidos contra su voluntad entre cuatro paredes a causa del mal tiempo, dieron en matar el aburrimiento dibujando. No se sabe cuál de los dos exactamente trazó en una de esas ocasiones el mapa de una isla. Sigue leyendo