A favor de un paradigma historicista en la enseñanza de la literatura (III)

Se quiera o no, se sea consciente de ello o no, se lee siempre desde una norma de lectura y ésta es histórica. Lo que no resulta posible, de ningún modo, es la lectura desde un vacío, toda vez que las subjetividades jamás empiezan a enunciarse a partir de un punto cero. Pongamos por caso un ejemplo de otra novela, no menos famosa que la de Stevenson, en la que también una isla resulta protagónica, aunque en este caso no haya mapa. En un pasaje conocidísimo de Robinson Crusoe, Daniel Defoe narra cómo su náufrago encuentra una buena mañana una pisada en la arena. No es irrelevante recordar que cuando tal cosa sucede lleva Robinson la friolera de veinticinco años en la isla, sumido en la más absoluta soledad. En realidad nunca ha estado del todo a la intemperie ni en un estado de desnudez absoluta, ni literal ni figuradamente, dado que cuando llega a ese pedazo de tierra en mitad del océano ya porta consigo un equipaje del que no sólo no llegará nunca a desprenderse, sino que incluso verá acrencentado: Robinson Crusoe bien podría definirse como una novela sobre los mitos fundacionales del capitalismo, y algunos de ellos (el esfuerzo, el tesón, el mérito por el trabajo, la lucha a brazo partido por «domar» el estado de naturaleza) están particularmente asociados a la moral calvinista en la que Defoe fue educado. Puede que nadie haya alcanzado jamás a conferirles la dimensión épica de que él fue capaz de dotarlos en su narración. Sigue leyendo

A favor de un paradigma historicista en la enseñanza de la literatura (II)

Hay, decíamos, otro modo de aproximación historicista por el que Said, como nosotros ahora, se decanta claramente, y es aquél que «considera que la historia, incluido el propio pasado, está todavía sin resolver, todavía haciéndose, todavía abierta a la presencia y los desafíos de lo emergente, lo insurgente, lo no correspondido y lo inexplorado». Sólo desde una posición maliciosamente empobrecedora puede llegarse a la conclusión de que estudiar historia de la literatura es limitarse a hacer acopio memorístico de nombres, títulos y fechas. A decir verdad, siempre se ha tratado de una tarea bastante más compleja para quien la aborda con el respeto que merece. La justificación más convencional de la necesidad de la historia nos llevaría de nuevo a la metáfora de los mapas de Stevenson: sin una cartografía básica de los saberes, difícilmente cualquier aproximación a ellos dejará de caer en la trampa de abandonarse a la creencia en una suerte de espontaneidad según la cual bastará con un acto de pura simpatía en el encuentro con el texto literario para que esa amalgama de habilidades y procedimientos que, se supone, ya existen de manera innata en nuestros alumnos a la espera simplemente de ser potenciados con nuestra ayuda, se acaben actualizando en virtud de la mera práctica. El lenguaje cuenta, y nosotros hablamos por ello con frecuencia en una clave que no es gratuita cuando nos referimos como «desarrollo de la competencia literaria» a la educación que puede proporcionarse desde nuestro campo. Sigue leyendo